De médico de los cuerpos a médico de las almas
Fray Luis Francisco Pardo Cortés, O.P.
| julio 22 de 2026 | Por: Fr. Carlos Arturo Ortiz Vargas, O.P. |
Fray Luis Francisco, como era conocido en la comunidad, o el padre Pachito como muchos otros lo recordarán, seguramente no tuvo una gran figura que mostrar, pero hizo de su vocación el rostro visible de la “medicina de Dios”. Renunció a ser médico de los cuerpos para convertirse en médico de las almas. De carácter lento y parsimonioso y sin afanes en la vida; lo único que le interesaba era aliviar los espíritus contritos y abatidos por el peso de la vida y del pecado. Hombres y mujeres acudían a él buscando una palabra de consuelo, para que él los sanara, los ungiera y les impusiera las manos, para que él orara sobre ellos y les devolviera la vida en nombre de Jesús de Nazaret.
Nació el 21 de marzo de 1933 en Chiquinquirá, en una familia conformada por el matrimonio de don Luis Felipe y doña María Inés. Fue bautizado en la Parroquia de La Renovación como Luis Francisco y ocupó el segundo lugar entre seis hermanos. Desde muy temprana edad descubrió su inquietud vocacional hacia la vida religiosa dominicana, y fue orientado por sus confesores y directores espirituales fray Tomás María Quijano Urdaneta y fray Enrique Alberto Higuera Barrera.
Concluidos sus estudios de secundaria en el Colegio Sugamuxi de Sogamoso y en el Liceo Nacional José Joaquín Casas de Chiquinquirá, ingresó a la carrera de medicina en la Universidad Nacional de Colombia, lugar donde estudió por espacio de un año. Sin embargo, buscando siempre responder a su llamado vocacional, comprendió que debía ejercer otra forma de curación: la de las almas. Entonces, decidió dejar sus estudios, para iniciar los procesos de formación en la Orden Dominicana.
Su proceso de discernimiento vocacional lo condujo nuevamente a Chiquinquirá para iniciar el noviciado y vestir el hábito de los frailes predicadores el 1º de febrero de 1953 con tres compañeros: Emanuel Antonio Neira “el viejo Neira”, Álvaro Serna Villalba “el diputado” y el hermano cooperador Rafael Gómez Serrano, y bajo la guía de fray Manuel Salvador Sánchez Toro como maestro de novicios, cuyo testimonio de vida marcó profundamente aquella etapa formativa. Emitió su primera profesión el 2 de febrero de 1954, tomando el nombre de fray Luis María.
De Chiquinquirá pasó al “Studium Generale” en el Convento de Santo Domingo de Bogotá, bajo el acompañamiento de fray Pastor Prada Dietes como maestro de estudiantes. Terminados sus estudios institucionales de filosofía y teología, recibió la ordenación presbiteral de manos del obispo Luis Andrade Valderrama, el 24 de noviembre de 1962 en el templo votivo de Nuestra Señora de Chiquinquirá en Chapinero, Bogotá, junto con fray Marco Antonio Peña Salinas y fray Jorge Hernando Murcia Florián. En este mismo año y durante tres años hasta 1965 estuvo asignado al Convento de San José.
Continuó su ministerio de predicación en el Santuario Mariano Nacional de Chiquinquirá, pero poco después fue trasladado a la Casa de Santo Tomás en Bogotá, donde se inició como docente y capellán del colegio. Allí comenzó a manifestarse uno de los rasgos más característicos de su ministerio: el acompañamiento espiritual. Como consejero y director espiritual adquirió un reconocido prestigio, hasta el punto de ser buscado por innumerables personas, que acudían a él donde la obediencia lo destinó. En 1978 regresó al colegio, siendo asignado al Convento de San José, donde permaneció hasta 1987. De esta época, pertenece también, el largo y valioso acompañamiento espiritual que brindó al grupo de oración “Caminantes de Emaús”.
En 1966, siendo rector del Colegio Seminario Jordán de Sajonia fray Pedro Domingo Abel Amaya Vesga, el padre Pachito se desempeñó como profesor de historia de la Iglesia y psicología en los últimos grados, además de capellán y consejero de los estudiantes. Su cercanía y calidad humana le permitieron gozar de gran aprecio y aceptación dentro de la comunidad educativa. En 1967, la obediencia lo condujo a Villa de Leyva, donde fue nombrado como párroco de Nuestra Señora del Rosario; años más tarde volvería a desempeñar ese mismo ministerio durante un segundo periodo de cinco años, iniciado en 1997. Tres años más tarde, en 1969, fue enviado al Convento del Santísimo Nombre de Jesús y al Colegio Lacordaire, en Cali, donde continuó desarrollando las mismas labores docentes, pastorales y espirituales que había desempeñado en los colegios de Bogotá. En 1971 fue asignado a Chiquinquirá, lugar donde apoyó principalmente las actividades pastorales de la Parroquia La Renovación. Estuvo también en la comunidad de Tunja por espacio de cuatro años desde 1972, tiempo en el que se desempeñó como capellán de la Policía Nacional.
En septiembre de 1981 viajó a Santiago de Chile para predicar un retiro en el Santuario de La Purísima de Lo Abarca, que se prolongó en el tiempo hasta marzo de 1982. Durante su estancia conoció a Elsa María Polanco, quien venía trabajando en la creación de una congregación de monjas contemplativas, y buscaba afanosamente un presbítero que la asesorara. Inspirada por la profunda espiritualidad del padre Pachito y por la sabiduría de sus enseñanzas, pudo consolidar su ideal en la “Congregación de Hermanas Contemplativas del Cenáculo”, de la cual fray Luis Francisco fue cofundador. Viajó a España y se radicó en Barcelona entre 1987 y 1989, lugar donde realizó estudios de pastoral parroquial. Entre 1991 y 1994 estuvo asignado al convento de la Ciudad Mariana y años más tarde, en 1996, la Provincia le concedió la gracia para disfrutar de un “año sabático”, que aprovechó para renovar su vida espiritual y ministerial.
Desde el año 2006 estuvo asignado al Convento de Santo Domingo de Bogotá, donde permaneció durante dos décadas ejerciendo siempre el ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual, viviendo con fidelidad el ideal de la Orden: “para gloria de Dios y la salvación de las almas” como lo expresa nuestro Libro de Constituciones. Los frailes estudiantes buscaban constantemente su consejo y acudían a él para celebrar el sacramento de la reconciliación, seguros de encontrar un confesor prudente, misericordioso y profundamente humano. Falleció el 21 de julio de 2026 en la Clínica Palermo de Bogotá, a los 93 años de edad y 72 de vida consagrada.
La santidad es contagiosa y nunca ha sido esquiva para con los frailes de la Orden de los Predicadores; así lo demuestra la pléyade de frailes dominicos que la Iglesia ha elevado en los altares. Sin embargo, también en el silencio y en el anonimato, invisibles para muchos, se ha acrisolado la santidad de muchos de nuestros hermanos en la Provincia de San Luis Bertrán. Es el caso de los directores espirituales del padre Pachito: los padres Quijanito e Higuera, reconocidos entre nosotros, y junto con el padre Zaratico y el padre Morita como santos varones consagrados. Con su partida a la Casa del Padre, fray Luis Francisco Pardo Cortés, entró a sumarse a este grupo de santos religiosos colombianos, al lado de muchos otros, cuyos nombres se podrían enumerar sin temor a equivocarnos.
Su fidelidad al evangelio y a su vocación dominicana, su sencillez, humildad y obediencia, su testimonio vivo de pobreza que nunca intentó ostentar y una castidad que se traslucía en sus palabras y consejos plenos de espiritualidad, constituyen, sin duda, en ejemplo de santidad. Su vida fraterna entre nosotros dio frutos en las comunidades donde fue asignado; hombre de oración, piadoso y contemplativo, capaz de presentar ante Dios las necesidades de quienes acudían a él y que encontraron un verdadero pastor, que no discriminó entre pobres y ricos, ya que acogía a todos con la misma atención. Su vida fue también un signo de contradicción: mientras algunos aprobaban su manera de predicar a Jesucristo, otros no alcanzaron a comprender que la santidad puede manifestarse de formas muy diversas. Este hermano dominico que ha pasado a la casa del Padre lleva en sus manos los frutos de la fe y de una vida apostólica plena. Pachito fue amado por miles, por personas incontables que supieron encontrar en este fraile de figura menuda, un verdadero médico de las almas, grandes orientaciones espirituales, el perdón, la paz y el consuelo. Para quienes tuvieron la gracia de conocerlo, fue el último santo de estos tiempos, un hombre cuya vida evangélica quedará como memoria viva.
Referencias:
Ortiz, C. (2010). Rostros del centenario de la restauración de la Provincia Dominicana de Colombia. 1910−2010. Bucaramanga: Distrigraf.
Pardo, L. (2010). Apuntes autobiográficos. [Manuscrito inédito].
Provincia Dominicana de Colombia, boletín n.° 75 (septiembre de 1987).
Te pueden interesar otros contenidos sobre Reconocimientos. clic aquí