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Celebración de Santo Domingo y del Jubileo de la vida religiosa en Campo Dos

|  agosto 27 de 2025  |

Es hermoso ver bajar de la cordillera occidental los pies de nuestros pastores…. De Israel, Iván, Francisco, Jaider, Gustavo, Emilio, Darwin, Miguel, Ceci, de todos los sacerdotes, de todos los consagrados, y consagradas, de cada Laico y campesino que busca sembrar las semillas del Reino y que sueñan con un mundo de paz, en medio de este conflicto.

El camino de Seguimiento de Jesús, propio de Santo Domingo, se sostiene sobre cuatro pilares: oración, estudio, predicación y vida en común. Hoy quiero detenerme en uno de ellos: la predicación, la cual, podríamos resumir como la misión fundamental de transmitir la Palabra de Dios.

En el principio, Dios creó la Palabra, y en ella puso vida, luz, sabor y sentido para la humanidad. Pablo nos exhorta con firmeza: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo”. Pero esta predicación, no se trata de un conjunto de frases para memorizar, ni de un buen consejo que lanzamos a las masas para que otros lo escuchen; no es hablar de las maravillas del Señor con fanatismo, tampoco es una estrategia persuasiva o una verdad para aceptar sin reflexión.

La Palabra de Dios es mucho más: es un camino que se recorre, una vida que se encarna. No basta con hablar de ella… hay que dejar que pase por nuestra carne y transforme nuestras acciones. De esta forma, podremos ser testigos creíbles, porque antes de anunciarla con los labios debemos abrazarla con la vida.

En esta manera, entendemos que “el Evangelio no es Palabra de Dios sino hasta que es vivido”. Ponerlo en práctica le devuelve su naturaleza más íntima. Es en la experiencia, en el día a día, donde la Palabra encuentra su identidad más profunda. No es teoría, no es adorno: es fuego vivo. Y ese fuego solo se enciende cuando se vive.

Hablando de fuego, quiero compartirles que el sol, (inmensa bola de fuego) da a la tierra su principal fuente de calor y luz, sin él, todo moriría y quedaría en la penumbra. Nosotros, no somos el sol. Somos apenas como una vela: pequeña, limitada, incapaz de igualar tal calor o  brillo… pero incluso una velita, es capaz, de romper la oscuridad y de ofrecer abrigo en medio de la noche. Como versa el evangelio “ustedes son la luz del mundo”

Señor, Tú eres la Luz verdadera, la que disipa toda oscuridad. Nosotros jamás podremos iluminar como Tú, pero no podemos dejar de intentarlo. Aun cuando la cera se haya derramado y el pabilo consumido, seguimos llamados a ser luz. Permítenos alimentarnos de Tu resplandor para, cuando llegue la noche, prolongar un poco más el día; que nuestra existencia, humilde y limitada, siga ardiendo en todo momento, recordándonos que nuestra luz es, en el fondo, nuestra vida entregada, es tu luz que pasa a través de nosotros.

En la cocina, no se felicita a la sal por su sabor; se felicita al cocinero por la combinación perfecta de los ingredientes. Así también, es el Creador quien nos hace “sal de la tierra”. Pero, igual que la sal, nuestra misión es delicada: si cae al suelo, se mezcla con el polvo y ya no sirve; si se humedece, se vuelve sosa; si se usa en exceso, arruina el plato; si se pone muy poca, lo deja insípido.

Señor, en este día, protege a nuestros hermanos: que sean sal en el mundo; que no se extravíen en proyectos que los empolven y dejen inservibles; que no se humedezcan con valores o doctrinas que les roben el sabor del Evangelio; que no se vuelvan intensos al punto de amargar, ni insípidos en un mundo que clama por respuestas.

Que Dios todo Poderoso en este día de Santo Domingo nos regale la gracia de acudir a su calor para ser luz para otros, que nos permita participar en su cocina, para llevar el gusto del evangelio a quien lo necesita.


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