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Renunciar al orgullo y a nuestros acomodos

|  noviembre 04 de 2026  |

Homilía pronunciada por fr. Jhon Fernando Tigreros Carabalí, O.P.

Homilía

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos invita a posponer incluso lo más valioso de nuestra vida. Pero, si lo tomamos en sentido literal, nosotros, los frailes, nos podemos preguntar: ¿renunciar a qué?

Nosotros no vivimos con nuestros padres, no vivimos con nuestros hermanos de sangre, no tenemos esposa ni tampoco tenemos hijos. Entonces podríamos decir que estamos cumpliendo el Evangelio. Sin embargo, no se nos puede olvidar la penúltima parte de la perícopa, en la que se nos indica: «e incluso a sí mismo».

Y es aquí donde considero que Jesús nos habla directamente a nosotros, frailes predicadores, reunidos en capítulo provincial. Porque nos está hablando de renunciar a dos cosas de las que, en ocasiones, no nos damos cuenta y que pueden convertirse en obstáculo para instaurar el Reino de Dios: nuestro orgullo y nuestros acomodos.

Este Evangelio nos recuerda que nosotros, que seguimos el carisma de santo Domingo de Guzmán, estamos llamados a hacer lo que nuestro padre hacía: hablar con Dios y de Dios, para instaurar el reino de Cristo en el lugar donde estemos, no para acomodarnos a una asignación determinada o a un cargo.

Es necesario recordar que el estudio es un medio para la instauración del Reino de Dios. Los frailes estudiamos un pregrado, una maestría, un doctorado, no para gloriarnos a nosotros mismos, sino para dar a conocer a Cristo.

Cuando comprendemos que estamos aquí para anunciar al Señor y ser testigos de su amor, nuestra vida se vuelve realmente libre, porque estamos dispuestos a ir a donde nos envíen, con prontitud y disposición.

Nuestra vida, como hijos de esta Provincia, debe seguir siendo la de buscar una vida integral, no un lugar de acomodo. Porque suele suceder —y se ha dado en muchos casos esa es la realidad— que, si no estoy en la universidad, si no estoy en un colegio, si no estoy en el convento X, si no tengo determinada responsabilidad, si no tengo ciertos lujos, entonces entro en crisis, me quiero ir, porque he perdido el sentido de mi vida.

Recordemos, hermanos, que venimos a la vida religiosa para entregarnos a Dios; no estamos en una carrera de cargos.

A veces pareciese que nosotros, los frailes, cuando entramos al prenoviciado estamos enamorados de Jesucristo; cuando estamos viviendo el noviciado nos enamoramos aún más de Jesucristo; y quizás, en el camino, vamos perdiendo ese amor a Cristo.  Entonces mi vida de predicación pierde la esencialidad de ser un predicador. Y empiezo a buscar mis propios intereses, incluso en tiempos electorales a hacer campañas políticas. Tal como lo decía ayer el padre Carlos Ortiz en la homilía, a veces busco mi propio bien y no el bien de la comunidad.

Y hoy, que estamos en este tiempo para elegir a un Prior Provincial, debemos recordar que el cambio inicia por cada uno de nosotros, si queremos una mejor Provincia.  Porque puede resucitar nuestro padre santo Domingo, ser el Provincial y darnos una asignación; pero, si nosotros no disponemos de nosotros mismos, créanme que esto no va a cambiar.

Recordemos que estamos aquí para seguir a Jesucristo. Y si estamos en un cargo específico, sea en la universidad, sea en un colegio, sea en una parroquia, no debemos olvidar que nuestra primera misión es anunciar a Cristo para la salvación de las almas: a los que trabajan con nosotros, a los que nos rodean y a nuestros hermanos frailes.

Recordemos, queridos hermanos, cuál debe ser nuestra premisa. Nos lo dice el salmo:

«Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida».

No nos olvidemos de que hemos venido a la vida religiosa para alcanzar la salvación y, como nos lo decía el Evangelio del domingo, para ser santos.

Que nuestra vida dominicana sea un testimonio de santidad, donde Cristo sea el que reine y no nuestros propios intereses.


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