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Apertura, silencio y acogida

|  noviembre 06 de 2026  |

Homilía pronunciada por fr. Osvaldo Murillo Lenis, O.P.
Vicario de Provincia y Prior del Convento de Santo Domingo de Bogotá
Misa del Espíritu Santo

Homilía

Queridos hermanos:

La tradición de la Orden de Predicadores nos ha enseñado que, siempre que vamos a vivir una jornada como la de hoy, debemos invocar la presencia de Dios. Por eso, desde nuestras Constituciones se nos pide celebrar la Eucaristía invocando al Espíritu Santo, porque reconocemos que es Él quien configura, quien da consistencia y quien da valor a todo lo que eclesialmente nosotros podamos realizar.

Esta intuición, desde Domingo hasta ahora, nos reúne como comunidad para vivir la experiencia de un nuevo Pentecostés; una experiencia en la que no sea una sola voz, sino todas las voces en conjunto, las que eleven a Dios una melodía, una alabanza, una proclama, esperando también, de alguna manera, recibir una respuesta de lo alto.

Desde el pasado lunes nos hemos encontrado en este Convento de Santo Domingo y hemos tenido la oportunidad de revisar, paso a paso, cada uno de los momentos de este cuatrienio que acaba de pasar. Y vemos con profunda alegría los avances tan significativos que hemos tenido durante estos cuatro años.

Podemos constatar continuamente que Dios se ha abierto paso en nuestra vida, en nuestra vida provincial. Porque cada una de las cosas que evidenciamos, cada una de las cosas que podemos ver con claridad, dan cuenta de que Dios no nos ha abandonado.

Y, con esa misma certeza de que Dios no nos ha abandonado, también tenemos que decir que, aunque nos reunimos para hacer este ejercicio administrativo —podríamos llamarlo también pastoral—, definitivamente nuestro Capítulo no se reduce única y exclusivamente a esto.

Nuestro Capítulo Provincial, suscitado por la fuerza del Espíritu Santo, es la comunión de los hermanos que nos pensamos a nosotros mismos, que reflexionamos sobre nosotros mismos y que, ante todo, marcamos una pauta para los años que vienen.

Pero, para que esto suceda, hermanos, necesitamos asumir tres actitudes que deben brotar de lo profundo de nuestro ser.

La primera de ellas es la apertura.

Ustedes y yo somos hijos de una Provincia centenaria. Ustedes y yo somos hijos de una Provincia que, entre luces y sombras, ha luchado durante más de cien años por establecerse en este territorio nacional.

Somos hijos de una Provincia en la que hemos tenido hombres extraordinarios, grandes pastores. Hemos tenido hermanos que han dedicado su vida, con alma, vida y corazón, a las obras que hoy nosotros administramos.

Somos una Provincia en la que muchísimos elementos confluyen para que tengamos una identidad latinoamericana y colombiana.

Sin embargo, a veces podemos caer en la gran tentación de cerrarnos, de dejar de explorar nuevos caminos de evangelización. Nos cerramos a la posibilidad de caminar de acuerdo con aquello a lo que la Iglesia nos invita y nos conduce.

Los desafíos, como lo hemos visto durante estos días, son profundos, son grandes, y requieren de cada uno de nosotros una apertura inmensa. Porque solamente cuando se abre el corazón es cuando la gracia de Dios puede actuar en nosotros.

Muy bien lo escuchábamos en las páginas del Evangelio: los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Pues hoy el Señor nos invita a que, con la fuerza del Espíritu y con la gracia del Espíritu, abramos las puertas de nuestros conventos, abramos las puertas de nuestras parroquias, de la Universidad, del Santuario, de los colegios y de todas las obras que tenemos en nuestras manos.

Pero abrirlas no desde nuestras fuerzas. Abrirlas no desde nuestras capacidades. Abrirlas no desde nuestra tenacidad humana.

No.

Abrirlas desde la fuerza del Espíritu, desde la gracia del Espíritu, que es quien sostiene nuestra vida y sostiene la vida de la Iglesia.

Porque, si lo hacemos solamente desde nuestras fuerzas, muy seguramente fracasaremos; muy seguramente claudicaremos en este proyecto. La fuerza que nos da el Señor no es una fuerza nuestra. Tiene que ser la fuerza que nos dé el Espíritu Santo.

Una segunda actitud, que viene de la mano de esta apertura, es precisamente el silencio.

Nuestra tradición nos ha enseñado que el silencio es el padre de los predicadores.

Vivimos en una sociedad del cansancio. Vivimos en una sociedad del bullicio, del ruido, del escándalo. Vivimos en una sociedad del acecho, en la que en cualquier momento se nos puede poner una zancadilla. Vivimos en una sociedad de la sospecha.

Y qué interesante es que el silencio, como gran pedagogo, nos enseñe a nosotros, capitulares y comunidad provincial, a hacer silencio incluso en los momentos de gloria.

¿Para qué?

Para que podamos escuchar con sutileza la voz de Dios.

Así nos lo recuerda el profeta Elías en el libro de los Reyes. Había tempestad y allí no estaba Dios; había fuego y allí tampoco estaba Dios. Pero, en el silencio, el profeta pudo escuchar al Señor.

Hacer silencio también para escuchar las voces de los hermanos que hoy no están aquí con nosotros, pero que pusieron su confianza en nuestra voz, que pusieron su confianza en nuestra palabra para ser traída ante los capitulares, para ser traída ante los hermanos.

Hacer silencio también para escuchar al laicado dominicano, que estoy seguro tiene mucho que decirnos a nosotros, hombres consagrados.

Y, por supuesto, hacer silencio para escuchar lo que la Iglesia quiere de la Orden y de nuestra propia Provincia, sabiendo además que nos encaminamos hacia un aniversario inmenso: quinientos años de nuestra presencia en esta tierra de Colombia. Hemos de abrir las puertas y escuchar con agudeza lo que la Iglesia quiere de la Provincia.

Una Provincia a la que, gracias a Dios, no le han quedado grandes los desafíos que ha tenido que asumir.

Y, finalmente, hermanos, una tercera actitud: la acogida.

Claro, tomar decisiones sobre el camino de la Provincia exige de nosotros audacia, perspicacia, humildad y trabajo. Pero todo esto puede perderse si cada uno de nosotros, si cada uno de los hermanos de la Provincia, no acoge amorosamente aquello que el Capítulo pueda disponer.

Elegiremos muy seguramente a un hermano y lo rodearemos del amor suficiente para que ese amor lo blinde y le permita ser un hermano idóneo que conduzca a la Provincia por los caminos de la paz y de la justicia.

Sin embargo, si ese hermano no es acompañado, seguramente también se sentirá solo, desprotegido y posiblemente dudará frente a su propia vocación dominicana y a la misión que le ha sido confiada.

Por eso, acoger el Capítulo significa que yo me uno al deseo de la Provincia; que yo me uno a aquello que el Capítulo y la Provincia desean en cuanto al anuncio de Jesucristo: un anuncio veraz, auténtico, pero, ante todo, contundente.

Termino esta pequeña reflexión —espero que no haya sido muy larga— con unas palabras de san Juan Crisóstomo, citadas por nuestro hermano, el padre Congar, en el libro El Espíritu Santo:

«Por consiguiente, no os aferréis a lo que ven vuestros ojos, sino pensad en la gracia invisible. Ninguna de las cosas que se realizan en el santuario viene del hombre. Si el Espíritu no estuviera presente, la Iglesia no formaría un todo bien compacto. La consistencia de la Iglesia manifiesta la presencia del Espíritu».


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