Una brecha que nos condena 

|  septiembre 24 de 2022  |

Alrededor de (828.000.000) ochocientos veintiocho millones de personas padecen de hambre en el mundo según cifras de la FAO. Es decir, en un planeta que desperdicia alrededor de 2.500.000.000 (dos mil quinientos millones) de toneladas de alimentos se encuentran personas que padecen hambre y mueren a causa de la misma. 

La liturgia en los últimos domingos nos ha venido presentando de forma sistemática a los pobres como preferidos de Dios. Esta vez, Jesús presenta la figura de Lázaro como aquel pobre hambriento que quería “hartarse de lo que caía de la mesa del rico”; se trata de la miseria hecha hombre: una persona llena de llagas y sin ninguna esperanza en este mundo.

Por otro lado, se presenta la figura del rico. Se trata de un personaje sin nombre, quizá con la intención de que quienes escuchan la parábola nos pongamos en su papel. Nos encanta hacer de víctimas; tal vez sea tiempo de darnos cuenta que muchas veces somos victimarios, que muchas veces somos el rico en comparación de tantos Lázaros que vemos en la calle.

¿Qué hacemos nosotros con las migajas de nuestra mesa? ¿En nuestras casas, desperdiciamos los recursos que tenemos? ¿Acaso venimos al templo a encontrarnos con Dios, a quien no vemos, mientras ignoramos al hermano que sí vemos?

En el relato, Abraham se encarga de recordarle al rico (y de recordarnos a nosotros), todos los bienes que tiene en vida, mientras que Lázaro la pasa mal. Además, pone de presente que existe “un gran abismo” que no permite la comunicación entre un lugar y otro. Ese abismo que, evidentemente nos puede evocar el cielo y el infierno, debería llevarnos a pensar mejor en la distancia que se interpone entre quienes nos acostamos con el estómago lleno y quiénes no.

“Si no hacen caso a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite”. Esta frase parece una condena a la familia del rico y una condena para todos aquellos que, pasando de largo, acrecentamos el abismo entre ricos y pobres. En realidad, no es una condena; es una consecuencia lógica de la insensatez con que se vive: entre más nos alejamos del otro, más nos alejamos del encuentro real con Jesús mismo.

En nuestro caso se puede decir que, aunque pase una pandemia, no vamos a dejar de consumir como si los recursos fueran ilimitados, ni vamos a dejar de acaparar lo que a otros les falta, ni a darnos cuenta que el mundo está interconectado no sólo por los medios de comunicación.

El Papa Francisco se ha pronunciado de diversas formas durante la pandemia en favor de los pobres, una de sus intervenciones más polémicas fue en la que se mostró a favor de “un salario universal, para que cada persona en este mundo pueda acceder a los más elementales bienes de la vida”. Muchos al escuchar este tipo de propuestas sólo evocan a Marx. Quizás sea tiempo de ver más allá y observar que es una propuesta evangélica y no marxista.

En Colombia, país con gran vocación agrícola, ya en julio iban cerca de ciento treinta y siete (137) niños menores de cinco años muertos a causa de desnutrición. Un país que desperdicia más de nueve millones (9.000.000) de toneladas de alimentos deja morir niños de hambre. Que sea Jesucristo resucitado suficiente garantía para nuestra conversión, para movernos en su amor, haciéndolo eficaz, para acortar un poco esa brecha que nos condena.


Fray Andrés Julian Herrera Porras, O.P.

  • Cursa octavo semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás. Y tercer semestre de teología.

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