Predicación

|  diciembre 05 de 2021  |

Hermanos, nos encontramos en el corazón y el centro del tiempo de Adviento. Después de haber escuchado el domingo pasado una descripción apocalíptica de los acontecimientos que antecederán a la venida del Hijo del Hombre, hoy la Iglesia, en la liturgia de la palabra nos ubica claramente en un momento histórico, dentro del cual se da a conocer un contenido divino de penitencia para el perdón de los pecados. Dios se revela, se da a conocer, toma la iniciativa de su manifestación en palabras y acciones captables por el ser humano para que éste, en el ejercicio de su entendimiento y voluntad, pueda acceder al mensaje salvífico, se convierta y reciba del Señor la gracia por la cual puede acceder a los bienes eternos.

Una de las categorías más recurrentes en este tiempo litúrgico es la preparación. Constantemente en la Palabra de Dios propuesta por la Iglesia para la meditación encontramos una insistencia en preparar la venida del Señor, la llegada del Salvador, la experiencia del contacto profundo y real de la divinidad con la humanidad, manifestado ya en la encarnación y confirmado radicalmente en la navidad de Jesús. El Evangelio del día de hoy (de este domingo) nos sitúa en una realidad y un momento concretos. Se trata de preparar un encuentro definitivo, un contacto radical y una experiencia vital con aquel que nos ama y que asume nuestra condición para nuestro bien.

El evangelio indirectamente nos habla de lo que significa ser cristiano. Nos encontramos ante una realidad de cercanía radical entre Dios y los seres humanos. Nuestra religión no se basa en la comprensión intelectual de una serie de verdades y de contenidos dogmáticos. Los cristianos somos tales porque hemos tenido un encuentro real con una Persona que, en últimas, ha cambiado nuestra vida, nuestra forma de pensar y de actuar. El encuentro con Jesús de Nazaret, que es Dios y que asume la condición humana, hace parte de nuestra historia vital, humana, social, personal, familiar y comunitaria. No es una teoría, es real.

De manera que, preparar el camino no es una expresión accidental en el evangelio, sino que se constituye en un recorrido que debemos realizar para manifestar a las personas el encuentro que ya, se supone, hemos tenido con el Señor. De lo contrario, cabe la pregunta ¿podríamos realmente ser llamados cristianos? Aquí no se trata de defender ciegamente una serie de doctrinas o de prácticas, sino de significar todo lo que celebramos, lo que hacemos, lo que celebramos en nuestra Iglesia desde el encuentro con el Señor que cambia nuestra vida y la transforma en experiencia de salvación para nosotros mismos y para los demás. Evangelizar no es adoctrinar, sino mostrar con el testimonio de la vida que Dios quiere entablar relación con nosotros.

Cristo es parte de la historia, su presencia ha transformado el rumbo del camino humano. Gracias a su acción en el mundo y al encuentro con Él, se han llevado a cabo incontables acciones en favor de los necesitados, muchas personas han sabido reconocer a Cristo en sus vidas, por ello, han cambiado las vidas de otros muchos con un testimonio eficaz derivado de la gracia divina. La preparación que nos propone la Iglesia no es la expresión vacía de prácticas tradicionales, sino el deseo de vivir la experiencia cristiana en cada acontecimiento de la existencia, en la cotidianidad, en la comunidad, en la familia, en el apostolado. Este es un tiempo de esperanza en el cual contemplamos la acción de Dios que tiende a manifestarse en nuestra historia.

El Tiempo de Adviento recuerda que, aunque las realidades humanas se encuentren en situaciones difíciles (al ir iban llorando, llevando la semilla), Dios tiende a manifestar su gloria, su poder, su compasión y su misericordia a través de nosotros (al volver vuelven cantando trayendo sus gavillas). Por ello, es importante preparar el camino del Señor para que se manifieste su gracia en medio de los que sufren, de los excluidos y desamparados. Este es el sentido que tiene la vida religiosa: manifestar patentemente que sí es posible un encuentro personal, histórico, social, real, celebrativo y teologal con un Dios que sale al encuentro del ser humano. El Señor es quien busca y desea entablar una relación personal con nosotros, haciéndonos partícipes activos de la herencia de los hijos de Dios. Es un tiempo de manifestación gloriosa de la esperanza que jalona las realidades sociales hacia pastos abundantes de amor, justicia, santidad, respeto y paz.


Fray Fabián Leonardo Rueda Rueda, O.P.

  • Licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico.
  • Cursa séptimo semestre de Teología en la Universidad Santo Tomás.

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