La consideración del modo como Santo Domingo asoció a la mujer en su apostolado y en su proyecto fundacional es singularmente importante y a la vez útil para captar la amplitud de miras que tenía al organizar su comunidad y el sentido universal que quería darle.

El movimiento feminista no es solo de los tiempos actuales. Cuando Santo Domingo evangelizaba en Languedoc (sur de Francia) y polemizaba con los herejes se encontró con un movimiento feminista, que era muy ventajoso para las sectas disidentes al mismo tiempo que un gran obstáculo para la fe católica.

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Eran casi siempre las mujeres quienes buscaban el lugar de reunión para los obispos y diáconos cátaros. Además, estas gentes sectarias habían organizado diversos albergues para acoger a las jóvenes seguidoras de estos movimientos de presunta renovación evangélica. Ante semejante fortaleza que parecía invencible, Santo Domingo pensó muy pronto en servirse de las mismas armas de sus contrarios. Aprovechó la oportunidad que se le brindó, cuando un grupo de jóvenes se le acerco pidiéndole protección y orientación, para fundar el primer monasterio dominicano femenino en Prulla. Era la primera cosecha de conversiones, los primeros resultados de su predicación y de su contemplación.

El monasterio femenino en Prulla fue como un primer baluarte que sostuvo en silencio, pero vigorosamente su trabajo apostólico. La fundación de los frailes vino después como apoyada y respaldada por la oración de aquel contingente de mujeres penitentes que habían reconocido la voz de Dios y lo habían seguido generosamente.


Como lo demuestra la historia, este hombre activo y místico, combatiente y recogido, supo unir a su obra de predicación la formación de aquellas almas selectas en la austeridad del claustro. La sabia dosificación del estudio y del trabajo manual, alternado con el canto y el silencio, la obediencia y la libertad de espíritu, bajo el impulso de la palabra ardiente y convencida de Domingo fueron despertando y alimentando el florecimiento de una autentica vida religiosa femenina.

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Tal fue Santo Domingo para sus monasterios femeninos; y por eso, bajo su tutela, floreció esa primera generación de dominicas que constituyeron el apoyo sobrenatural del apostolado de los primeros frailes predicadores y se convirtieron en un antecedente significativo del desarrollo de la vida religiosa femenina en la iglesia.

La caridad sincera de una vida de oración y entrega a Dios sigue siendo el alma de todo apostolado autentico y eficaz. En la perspectiva del ideal de la orden el papel de las religiosas será el apoyo secreto pero poderoso de su oración. Una oración que es fuente de acción, una contemplación que se desborda en predicación, una oración por la Iglesia evangelizadora, una oración de la cual nació una legión de apóstoles, que sigue hoy alimentándose de aquella bebida espiritual.


Las primeras religiosas dominicas fueron puramente contemplativas. Más tarde, las religiosas dominicas de vida activa aparecían como una prolongación del espíritu e intención de Santo Domingo, participando en la vida de oración y de predicación de la Orden y consagradas por el carácter de la vida religiosa.

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Esa especie de simbiosis que existe entre la actitud contemplativa y la actividad apostólica, propia de los Predicadores, también es vivida por las religiosas dominicas de vida activa, reproduciendo y actualizando, en forma femenina, el espíritu de Domingo; Ser espiritualmente útil a las necesidades del mundo y de la Iglesia a través de la predicación. Ellas están igualmente llamadas y enviadas dentro de la Iglesia a irradiar con su vida y su palabra la luz del Evangelio.

La Iglesia y la Orden necesitan hoy más que nunca asociar positivamente a la mujer a sus tareas evangelizadoras y a la realización integral de su propia misión. Santo Domingo nos da ejemplo en este sentido.


La numerosa generación de santas dominicanas son un claro testimonio de la eficacia que a través de la Orden ha tenido esta intuición de Domingo y del papel dado por él en su proyecto fundacional desde el principio a la mujer. Las bienaventuradas Diana y Cecilia, 'Santa Catalina de Siena, Santa Rosa de Lima, Santa Catalina de Ricci, Santa Inés de Montepulciano, Santa Margarita de Hungría, la bienaventurada Marie Poussepin, la bienaventurada Ana de los Ángeles Monteagudo etc., son muestras suficientes del florecimiento de la vida dominicana femenina a través de la historia.


"Predicar siempre, en todas partes y en todos los sentidos"

Santo Domingo de Guzmán

En el sitio web oficial de los dominicos colombianos, queremos llevar a cabo la misión de Domingo: el deseo de proclamar valientemente a Dios, de construir la vida comunitaria y de buscar la verdad en el mundo.

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¿Y si digo sí a este estilo de vida? La Orden de Predicadores, orden apostólica, se dedica a conocer, contemplar el mensaje revelado para luego trasmitirlo a los demás.

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